Historia y naturaleza

Isla de Lobos

 

Se trata de la reserva más importante de lobos marinos del Hemisferio Sur. Sin embargo, la historia de esta pequeña isla tiene diferentes aristas, momentos sombríos y la fortuna de un final feliz.Qué habrá pensando Juan Díaz de Solís, allá por 1516, cuando avistó por primera vez esa pequeña isla que parecía un centinela dispuesto justo en la entrada del río que más tarde llevaría el nombre de Río de la Plata? ¿Habrá encontrado fácilmente las palabras para explicar esa cantidad inusual de lobos marinos, ese aullido agudo que emitían, habrá entrevisto la matanza, en esa facilidad para adentrarse en el océano y esa dificultad para desplazarse en la tierra habrá imaginado su destino? ¿Habrá tenido temor de lo que le esperaba detrás de esas rocas guardianas? ¿Habrá presentido su rápida muerte? ¿Se habrá encomendado a algún santo? Seguramente, algo de esto último, algún atisbo religioso, existió.De otro modo, no se comprende el motivo por el que  bautizó a los pequeños islotes como “San Sebastián de Cádiz”. Ese nombre duró lo que el mismo Díaz de Solís. Y pronto la lógica del paisaje se impuso: ya en las crónicas de Hernando de Magallanes (1520) y de Sebastián Gaboto (1525), la isla aparece como “La isla de Lobos”.De inmediato, esas formaciones rocosas se convirtieron en motivo de disputa ya que la isla suponía el aprovisionamiento de carne, de pieles y de grasa de lobos marinos. Algo que fue una constante en las pequeñas islas: la lucha por lucrar con la carne y las pieles de los animales, incluso a costa de naufragios. Por fortuna, esa práctica concluyó hace décadas y hoy la isla es una verdadera reserva natural y el acceso a las loberas se encuentra altamente restringido.De los Tiempos Sombríos a la Gran Reserva
La Isla de Lobos está formada, en rigor, por dos islotes. El mayor está formado por un gran macizo rocoso con un reducido arco arenoso en su costa norte. Con forma de círculo imperfecto, tiene unos 800 metros de diámetro y está situado a 8 kilómetros y medio de Punta del Este. La isla se puede observar claramente desde la punta de la península hasta José Ignacio. La isla mayor tiene aproximadamente una extensión de 43 hectáreas: su extensión mayor en dirección norte-sur alcanza casi los mil metros y en su eje menor unos 630. Al este de esta isla, se ubica el Islote de Lobos, también conocido como Bajo Lobos.

Entre isla e islote hay una separación de unos 800 metros. La vegetación de la isla es pobre y silvestre, encontrándose algunos cactus y helechos de gran tamaño. Y los que proliferan, claro, son los lobos marinos: suman unos 200 mil ejemplares, convirtiendo a la pequeña isla en la reserva de lobos marinos más importante del Hemisferio Sur. Hay dos especies de lobos: el de un pelo, de la que los machos reciben el nombre de “peluca” por su gran melena, y el de dos pelos que se distingue de la otra especie por tener un hocico más afinado.

También en la isla hay una población minoritaria de elefantes marinos, que pueden llegar a medir 6,5 metros y pesar entre dos y tres toneladas. Actualmente, la faena de lobos está prohibida y la isla fue declarada reserva natural. Y como parte de una justicia poética, en las antiguas dependencias de las empresas loberas hoy se albergan científicos uruguayos y de otros países, quienes estudian el comportamiento de las distintas especies. No siempre fue así. La tremenda presión de las empresas loberas, que  hacían grandes diferencias de dinero con las pieles de los lobos marinos, fue capaz de hacer trasladar el primero de los faros que se construyó en la isla y de frenar el emplazamiento del segundo por más de cien años. Incluso, a costa de innumerables naufragios.

En esos tiempos los lobos eran matados por miles y los barcos encallaban en el Banco Inglés o directamente naufragaban contra las peligrosas rocas. En la segunda mitad del siglo XIX hubo más de setenta naufragios. Pero las loberías no cedían. Un paisaje siniestro. ¿Habrá previsto eso Juan Díaz de Solís cuando encomendó la isla a un santo español?