Turismo y Opinión

La Toscana uruguaya

 

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La tranquilidad de este pueblo del interior de Uruguay es única. Allí se instaló Mallmann con su hotel-restó de primer nivel. Allí se están proyectando importantes emprendimientos inmobiliarios encargados por europeos y estadounidenses. El glamour de la Toscana uruguaya.

 

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En una de las casas que hace esquina con la plaza principal del pueblo de Garzón, hasta no hace tantos años, vivía un caballo. Se trata de una casa de ladrillos, antigua. Pero eso no es lo importante, lo importante es la metáfora que supone el caballo con vivienda propia frente a la plaza principal. Es lo mismo que indicar que, en la época de su fundación durante la década del 30, en Garzón vivían 470 habitantes y hoy habitan el pueblo 250 personas.

Entre la década del 30 y el 50 del S.XX, Garzón tuvo casi 2000 habitantes. El ferrocarril y el molino hicieron posible su crecimiento
Entre la década del 30 y el 50 del S.XX, Garzón tuvo casi 2000 habitantes. El ferrocarril y el molino hicieron posible su crecimiento
Eso era Garzón, un pueblo pequeño y rural del Uruguay profundo, del Uruguay sin mar.

Sin embargo, a esa calma pueblerina llegó un día de 2004 un cocinero. Y ese cocinero, Francis Mallmann, llamó a un amigo suyo que es propietario de una bodega, Manuel y Antonio Mas, de Finca La Anita.

Juntos, imaginaron la refundación de esa campiña tranquila, enamorada de la paz del día y del silencio nocturno: las noches llenas de estrellas, las tardes de perros ladrando a la hora de la siesta. Y juntos se propusieron un objetivo extraño: abrir un hotel boutique cinco estrellas en ese lugar y un restaurante con el sello indiscutido de Mallmann.

 
Es probable que en ese momento a nadie se le hubiera ocurrido que unos fuegos encendidos, una gastronomía sin barroquismos y cinco habitaciones abiertas todo el año y provistas de un confort de primer nivel pudiesen revolucionar las décadas de tranquilidad. Pero lo hicieron. Y ahora son varios los proyectos de barrios residenciales, iniciados por muchos europeos con la idea de vivir ahí durante todo el año.

 

La paz de la campiña, la naturaleza e historia del lugar forman parte del encanto de Garzón
La paz de la campiña, la naturaleza e historia del lugar forman parte del encanto de Garzón
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Algunos afirman que este fenómeno ocurre porque José Ignacio ya tiene mucha gente y los europeos millonarios y estadounidenses buscan zonas más tranquilas. Otros aseguran que esta nueva “Toscana uruguaya” se convertirá en pocos años en el pueblo más glamoroso de todo Uruguay. Puede que las dos versiones sean ciertas. Y mucho más que ciertas si los proyectos de restaurar la antigua estación del ferrocarril se llevan a cabo.

Lo cierto es que hoy Garzón sigue siendo la meca de la paz y del lujo en “Garzón”, el hotel y restó de Mallmann. Y que esa paz y tranquilidad continuará porque los nuevos emprendimientos suponen residencias de primer nival, sin alterar la magia del lugar. Porque por ahora esa magia es la que justamente hace cumplir con la premisa: Menos es más.

 
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Historias mínimas

En un principio, el pueblo fue pueblo porque se le vislumbraba esa idea tan principio siglo XX: se intuía que, a caballo del ferrocarril, el progreso llamaría a su puerta. Por eso, el 17 de junio de 1935, la Sala de Sesiones de la Cámara de Representantes de Montevideo, recibió el proyecto de ley para declarar pueblo a Garzón.

 

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En ese entonces el lugar tenía 470 habitantes, las mismas manzanas que ahora, incluyendo la plaza pública y las oficinas, la escuela, los comercios, la estación del ferrocarril y el molino. Y también, como hoy, había un restaurante, 57 viviendas de material y 59 ranchos. “El dato que inclina a concederle la categoría de pueblo -dice el proyecto- es que su edificación asume mejor calidad que la de otras poblaciones de esta entidad, y su comercio asume cierta importancia con perspectivas de progreso.”

 

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En verdad, la zona comenzó a poblarse hacia 1890, al borde del arroyo Campamento. En su origen, el motivo de montar una población tuvo que ver con establecer un paraje donde dejar a los viajantes que iban hacia Rocha. Por esos tiempos, la zona contaba con un saladero propiedad del gobernador Vicente Garzón. Sin embargo, este Garzón no es el Garzón por quien se bautizará al poblado con ese nombre.

El nombre del pueblo viene del general Eugenio Garzón (1796-1851), un militar uruguayo que se incorporó a las fuerzas de Artigas en 1811, marchó con el general José Rondeau al Alto Perú, se sumó al ejército de San Martín y lo acompañó en sus campañas libertadoras de Chile y Perú. Establecida la independencia de la región, el militar se acercó al general Urquiza, a quien acompañó cuando se pronunció contra Juan Manuel de Rosas. Celebrada la paz de 1851, Garzón, en su carácter de principal subalterno de Urquiza, se transformó en el hombre destinado a ocupar la presidencia del país. Pero murió dos meses después.

 

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Ni el general Garzón fue presidente, ni el progresó atravezó con su luminaria el pueblo. Y hoy el “a caballo del progreso” fue suplantado por “a caballo del sulky” de Julio Souza, el baqueano de la zona que invita a recorrer las casitas antiguas y abandonadas, con camelias en flor; y las otras muy austeras, pero habitadas y también los ranchos en las 18 manzanas del pueblo. Como corresponde, el final del recorrido es el hotel restaurante del cocinero famoso y austero.

Esto es Garzón, un humilde centro de actividad agrícola-ganadera donde, por la calle Izcúa, todavía circulan las ovejas y las vacas, arreadas por viejos pastores. Esto es Garzón, un pueblo a 60 km de Punta del Este y a 180 de Montevideo, en el departamento de Maldonado, que una vez más huele como se acerca, vertiginoso e iluminado, el progreso y las inversiones. Pero un progreso que no quiere alterar la paz pueblerina, sino sólo volverla confortable.

 
 
Tierra de Mallmann

Siguiendo el camino de ripio, que atraviesa arroyos secos y quebradas hacia las sierras, se pueden ver los campamentos de los picapedreros que cortan el granito. Ahí, el sol se deja atardecer;, desde ahí, el mar se observa a lo lejos, como en un sueño. Ahí también nace el arroyo Garzón que baja hasta la laguna del mismo nombre, un lugar privilegiado para la observación de pájaros y la práctica del windsurf.

 

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¿Puede establecerse un glamour sin mar? Para Francis Mallmann, sin duda. Además, Punta del Este no queda tan lejos, a una hora de auto yendo a un ritmo tranquilo. Bien puede que pronto comience a compararse este pueblito del interior con José Ignacio, ese otrora pueblito de playa. Por ahora, la tranquilidad sigue siendo en Garzón un bien tangible, sobre todo en la parsimoniosa primavera y en el estable otoño. Y, además está ese ícono montado por el cocinero, ese sitio tan único como exclusivo, con sólo cinco habitaciones.

 

Hotel Garzón
Hotel Garzón

 
De afuera, “Garzón” no dice mucho. Una fachada sencilla, como la cocina de Mallmann. Lo importante está en el contenido, como ocurre con los platos del cocinero. Es que el interior posee un confort y un gusto exquisito. Madera rústica, vidrio y una edición antigua de “Joie de Vivre”, de Emile Zola.

Como lo es estar en Garzón, donde sólo se trata de pocas manzanas y casas antiguas y el molino fundado en 1920 y poco más. Sólo que el sabor que trae esa paz también es único. Y ese reino de la tranquilidad glamorosa tiene nombre propio. Se llama Garzón.