Historia y naturaleza

Paisaje mágico

En ciertas noches especiales, el mar se tiñe de colores: azul eléctrico y chispazos plateados engalanan las aguas esteñas. Son las noctilucas, esos microorganismos que visten el océano con colores propios en un paisaje mágico, de ensueño.

En las noches de Punta del Este, la metáfora del mar azul se vuelve realidad. Es el regalo que la naturaleza ofrece en febrero, marzo y abril: la magia de las noctilucas, esos organismos microscópicos de la especie de los dinoflagelados, que emiten una majestuosa biofluorescencia. Porque es posible bañarse junto a estos microorganismos, zambullirse en un verdadero mar azul con destellos plateados.

El nombre científico de las Noctilucas es Pyrodiniumbahamensis. Y el motivo que las hace brillar es un fenómeno común en su especie ya que estos dinoflagelados cuentan con un sistema de iluminación luciferinluciferasa que se activa con el movimiento. Las noctilucas absorben la luz, la transforman y expulsan en colores intensos, que varían según la especie. Es, ni más ni menos, que su mecanismo de defensa frente a las otras especies con las que conviven en el mar.

Pero al ojo del obervador, más que una actitud defensiva aparece como un misterio, una fascinación inmediata, un amor a primera vista. En los últimos otoños, a las noctilucas se les unió otra especie de dinoflagelado, la Alexandriumfraterculus. Esta nueva especie es aún más constante en su luminosidad ya que su brillo se prolonga por varios días y alcanza una mayor durabilidad tiñendo las aguas con chispazos de rojo intenso en los sitios donde se congregan mayor cantidad de microorganismos.

Juntas, ofrecen un espectáculo alucinante: las olas se vuelven azules lo mismo que la arena de la playa. Una invitación al chapuzón nocturno. Mientras que en aguas más profundas, aparecen los destellos rojizos. La naturaleza desplegando sus mejores galas. El fenómeno congrega a una buena cantidad de seguidores que cada otoño nadan o, simplemente, observan esta maravillosa broma de la naturaleza que parece decirnos: siempre hay sitio para el asombro.